24 enero 2012

DE LA COLUMNA DE ROSARIO AVILÉS


Sálvese quien pueda
Rosario Avilés | Opinión   
2012-01-24 | Hora de creación: 23:17:23| Ultima modificación: 01:26:01


En la tragedia del crucero Costa Concordia, ocurrida el pasado 13 de enero por la noche, destacan varios hechos que muestran de cuerpo entero cómo se ha desvirtuado al extremo la labor de los comandantes de nave (sea marítima, sea aérea), como resultado de un modelo económico que privilegia la ganancia por encima de la seguridad y por encima, también, del trabajo y del profesionalismo.

Después de que se conocieron los hechos, la opinión pública se mostró indignada debido a que el capitán Francesco Schettino abandonó el barco antes de que fueran salvados todos los pasajeros, contraviniendo con ello la idea de que “el capitán es el último en salir, incluso a costa de su propia vida, con tal de salvar a todos los pasajeros y sus tripulantes”.

Se trata, desde luego, de una exigencia moral —palabra que parece en desuso en estos tiempos— porque justamente este episodio ha levantado una amplia discusión legal, donde no parece haber todos los elementos que permitan condenar al tripulante puesto que las reglas comerciales de hoy en día han rebasado, en muchos órdenes, a las regulaciones que rigen los contratos de este tipo de navegación.

Y es que en su defensa, el capitán Schettino ha dicho que el accidente se suscitó debido a que él efectuó una maniobra conocida como “saluto” (un saludo a los isleños de Giglio), que la empresa naviera insiste en que sus tripulantes realicen para satisfacer a los pasajeros y atraer publicidad.

Aquí nos encontramos con un problema de fondo: el derecho consuetudinario internacional obliga a los capitanes a que operen bajo los principios prudentes del arte de la navegación y las responsabilidades legales están explicadas en la Convención para la Seguridad de la Vida Humana en el mar (SOLAS, por sus siglas en inglés).

Pero en ningún lugar se explica la realidad que están viviendo las empresas y los trabajadores de líneas marítimas (que las líneas aéreas están siguiendo como modelo y que puede precisamente llevar a plantear problemas de este tipo). La realidad, cruda y dura, es que los criterios comerciales, la indefensión laboral en la que se encuentran los navegantes, la falta de reconocimiento de su estatuto jurídico como comandante (y por lo tanto responsable de la seguridad de un viaje) lo ponen frente a la pared cuando debe responder a los criterios mercantiles de su empresa contratante.

La sociedad entera espera que un comandante sea el responsable de la seguridad, pero no siempre las empresas comprenden que para ello no sólo deben destinar un salario digno (para que esta labor sea realmente la profesión de toda la vida de una persona con esas capacidades y responsabilidades), sino que se le debe reconocer su calidad como tal y no querer imponer otro tipo de criterios.

El doble discurso de algunos y el claro cinismo de otros lleva a exigir que se cumplan los criterios de responsabilidad, pero no a actuar en consecuencia  a la hora de compensar semejante carga. Todavía se recuerda la forma desdeñosa como Gerardo de Prévoisin (sedicente suegro de Gastón) solía referirse a los comandantes de las aeronaves de lo que fue su empresa, lo cual ha creado una escuela nociva no sólo para las propias aerolíneas mexicanas, sino hasta para el éxito empresarial de los involucrados (la realidad está a la vista).

En todo caso, es signo de los tiempos y del modelo económico que pocos han cuestionado a profundidad, la falta de respeto por el trabajo (el que sea) y el escamoteo continuo del salario o de los honorarios profesionales de quienes hacen funcionar a las empresas -a favor por cierto de las ganancias de los dueños, que suelen comparar con ganancias financieras imposibles de igualar en sectores de tan alta tecnología-.

Si se sigue por el caminito de buscar la ganancia por encima de todo, los que pagarán las consecuencias (como en el caso del Costa Concordia) serán los pasajeros. ¿Cuánto hubieran pagado los pasajeros o los deudos de los fallecidos por asegurarse un sistema más concienzudo de seguridad que hoy está en revisión? Nada es más caro que la vida humana.

Lo oí en 123.45: Por cierto, el presidente Calderón se refirió hace unos días a la prohibición de anunciar “productos milagro” para evitar que los consumidores sean engañados. ¡Qué bien haría extender esa prohibición a los “candidatos milagro”! Digo, para evitar a esos políticos que prometen transparencia y dan opacidad; que prometen honestidad y dan corrupción; a los que prometen eficacia y no logran ningún avance; los que ofrecen empleo y sólo han logrado desempleo y empresas a punto de quebrar

Rosario Avilés

raviles_2@prodigy.net.mx