05 junio 2022

La salud mental y los trabajos aeronáuticos

 

La salud mental y los trabajos aeronáuticos

Mientras hacía el desayuno en mi casa, me invitaron a ver un documental “Resiste Residente” enfocado en explorar la salud mental y el papel de los residentes médicos en el sistema de salud mexicano. Con una duración de 23 minutos, expone de manera muy precisa las condiciones en las que laboran en diferentes hospitales de nuestro país, pero que todavía no son médicos especialistas y con base.



Y en este recorrido, el paralelismo que pude encontrar con el medio aeronáutico es gigantesco. Antes de entrar de lleno a ello, hablemos de la salud mental, en términos generales.

El gobierno de nuestro país poco se ha preocupado por la salud mental de sus habitantes; a duras penas podemos decir que la mayoría somos una especie de “sobrevivientes”, y que la gran capacidad que tenemos de mutar y adaptarnos es lo que nos permite, como país, salir adelante, pero ni por asomo podemos decir que eso sea lo mejor. Con ese poco -y a veces nulo- acceso a un sistema digno de atención médica, la salud mental se ha visto relegada, porque primero hay que comer, y broncas mentales las tenemos todos. Triste pero cierto.

En el ámbito de los trabajos dentro de la aviación, los niveles de estrés que se manejan son muy altos; eso y los malos salarios, así como las jornadas extenuantes generan un caldo de cultivo “perfecto” para el deterioro de la salud mental.

Sé que no es exclusivo de nuestra industria, y que se repite en los diferentes trabajos, pero me enfocaré sólo en el grupo que conozco como la palma de mi mano: los sobrecargos. Quisiera contarles mi experiencia personal, y es que, a pesar de los exámenes médicos anuales en medicina de aviación, nunca fui diagnosticada.

Ahora sé que sufro de ansiedad, me dan ataques que me paralizan, pero mientras estuve volando y trabajando en mi sindicato, nunca lo supe. En varias ocasiones llegué a desmayarme en la sede sindical, una vez durante el recuento de unas elecciones para un cargo de Tribunal. Se había llevado a cabo en el cuarto piso, estaba cantando los votos cuando todo se puso negro a mi alrededor y “me fui”; por supuesto no faltó quien dijera que “me estaba haciendo mensa”, pero desde que comencé a cantar las votos sentí la falta de aire, tenía un nerviosismo que no podía explicar, y unas ganas inmensas de salir corriendo.

Ahora lo puedo decir, tuve un ataque de pánico, y nadie supo qué hacer. En otra ocasión el recuento duró dos días, porque se elegían dos terceras partes de los cargos en la Asociación Sindical de Sobrecargos de Aviación (ASSA). Al final, después de medio dormir una hora, y estar más de 24 horas despierta, me dio otra vez un ataque de pánico. De nueva cuenta, no faltó quien aseguró que era porque no quería hacer mi trabajo.

Años después, tras dejar mis funciones en ASSA, comencé a trabajar como auxiliar de la Unidad de Comunicación Social de una dependencia gubernamental. Un día esperando el metro, me entró un ataque de pánico, no podía dejar de llorar, inexplicablemente de pronto me entró miedo, un miedo irracional a morir, y llorando llegué con una policía que se quedó conmigo hasta que me calmé, no me soltó y después de muchos minutos pude continuar mi camino a casa.

Otra ocasión mientras manejaba, comencé a llorar sin poder parar; la angustia de no poder ver con claridad, y eventual accidente se combinó con la angustia y la desesperación de no saber qué hacer. Luché contra el sentimiento de pesadez que me invadía, y logré llegar a mi casa, prácticamente “por instrumentos”.

Alarmados en mi casa porque no sabían qué hacer ante mis ataques de pánico -que llegan sin avisar-, tomé terapia neurofeedback. Estuve medicada por espacio de seis meses para controlar mi ansiedad; hoy sé que no se cura, que no puedo luchar contra ella, que cuando sienta un ataque tengo que dejarlo pasar y empezar a respirar despacio; si me dan ganas de llorar, hacerlo y no reprimir los sentimientos. El resultado es que cada vez son menos frecuentes los ataques y llevo una vida normal, ya no me paraliza el pensar que “de la nada” me puede dar un ataque de ansiedad.

Tengo una gran ventaja: no vuelo. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en mis compañeros que actualmente están volando. Tengo datos duros de sobrecargos de Aeroméxico están presentando cuadros de depresión y de ansiedad, y por lo mismo está aumentando el consumo de sustancias indebidas para mitigar los problemas mentales que presentan los sobrecargos.

A la empresa parece no importarle la salud mental de su personal; mientras saquen el trabajo, y no se quejen de la poca paga, todo camina sobre ruedas. Pero es precisamente el estrés al que están sometiendo a su personal, la presión por no llegar a fin de mes, y que tienen que hacer malabares para poder cumplir con sus compromisos adquiridos, sin olvidar que quien debería de defenderlos, o sea el sindicato, no lo hace, sino todo lo contrario.

Estamos empujando a que alguno de estos trabajadores tenga un muy mal día y pueda ocurrir una tragedia, que se puede prevenir. La salud mental de los tripulantes es vital, un sobrecargo deprimido, que no ve la salida, no le importará realizar alguna imprudencia, con tal de terminar su sufrimiento.

Tal vez hasta que suceda, Aeroméxico se tomará en serio el tema de la salud mental de sus sobrecargos. Entonces será el recurso de “ahogado el niño, tapamos el pozo”. Es increíble que ni empresa ni sindicato no estén cuidando a sus trabajadores y agremiados, respectivamente.

Todo porque el sindicato dejó de ser un ente que velaba por el bienestar de sus trabajadores, comenzando con el tema de los salarios dignos. Tan sólo el último estudio de fatiga que se hizo en el sindicato está a punto de cumplir 30 años, elaborado en 1994 en conjunto con el IMSS. Desde entonces y hasta ahora no existe otro estudio serio sobre la salud mental de los tripulantes de cabina de ASSA.

Como lo dije, este grupo de trabajadores es una pequeña muestra, pero lo mismo sucede con los sobrecargos de otras compañías y otros sindicatos, como con pilotos, tráfico, rampa, operaciones y el cargo que ustedes quieran mencionar dentro de la industria aérea.

Regresando al documental, hay una parte en la cual un ex Secretario de Salud reconoce “sí se paga mal a los médicos, pero se paga mal en todo el país”, y yo pregunto ¿acaso debemos resignarnos a que todos les paguen mal?, no importa si hablamos del sector público o privado, ¿hasta cuándo entenderán las empresas que no pueden seguir mal pagado a sus trabajadores?, ¿tenemos en puerta una nueva revolución laboral?

En otro documental, “Los trabajos y los días”, podemos ver los testimonios de personas de distintas profesiones y oficios, quienes dan su punto de vista acerca de aspectos que tienen que ver con su ámbito laboral. Se encuentra disponible en Filminlatino, es una serie de 10 capítulos realizada en 2012. De ahí quiero destacar la idea de que en materia de derechos laborales hemos involucionando como sociedad, hasta estar en un punto como si estuviéramos en el siglo III después de Cristo, en un estado feudal, dando gracias por tener trabajo.

La de la Salud es otra rama productiva completamente distinta a la aeronáutica, pero yo reflexiono sobre qué tan mal estamos, que cada vez somos más siervos de nuestros amos, y por qué cada vez tenemos menos poder y voz para hacer valer nuestros derechos. Un catálogo de prerrogativas que se obtuvieron gracias a la revolución industrial; por eso mis cuestionamientos, ¿qué más se necesita para dar un golpe en la mesa del patrón y decir ya basta?, ¿hasta cuándo seguiremos permitiendo la pauperización de los empleos en la industria aeronáutica?

Y lo más importante, ustedes compañeros, ¿hasta dónde están dispuestos a esperar para defender sus derechos laborales?, ¿Hasta dónde permitirán el deterioro de su salud mental? Preguntas que aplican para todas las áreas dentro de la aviación.

 

Ximena Garmendia

5 de junio de 2022